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EL COYOTE INCOMODO…



   Por Jesús González Schmal

Gerardo Ruíz Esparza y Luis Videgaray con Enrique Peña Nieto, conforman una simbiosis indisoluble por su vinculación psico-hedonista, muy parecida a la que unió a Felipe Calderón con Camilo Mouriño y a Vicente Fox con Marta Sahagún. El fenómeno, sin embargo, rebasa lo íntimo y personal porque en el ejercicio de las facultades presidenciales tan amplias para llevar a cabo nombramientos en la administración pública, los lleva al grado de conferirles cargos de primera importancia para facilitar el acceso al presupuesto público y generar los beneficios y su usufructo. A nadie escapa que, consecuentemente en la práctica, se convierten en “coyotes presidenciales” para repartir contratos y concesiones que permitan cobrar los diezmos, para no desaprovechar la oportunidad irrepetible de estar en la máxima autoridad de la nación.

Estos casos de cercanía y complicidad han llevado al país a tremendos desenlaces que además de costosísimos han sido también de un daño moral incalculable. Como no recordar en el periodo de la dupla Fox-Martita, los traspiés en la política exterior del país o la frivolidad de la imagen presidencial ante las nuevas generaciones que denigró la misma respetabilidad de la autoridad; ya no se diga lo que supuso la colusión del IPAB de Mario Beauregard como deuda a cargo del pueblo con los negocios de los hijastros de la primera dama y la hacienda-hotel de Fox en San Francisco del Rincón, Guanajuato. De mayor envergadura fue la pareja Calderón-Mouriño en la tragedia de la perdida de Pemex con el contratisimo que llego al extremo del fraude de Oceanografía, como la puntilla para privatizar la empresa más importante de la historia del país.

El caso de Ruiz Esparza por las mismas razones es patético. Ya no repasamos el de Videgaray en Hacienda y Relaciones Exteriores, porque no alcanzaríamos en este espacio sumar los agravios a la nación y a la honorabilidad de la envestidura presidencial. Ello, sin embargo, no lo excluye de su pertenencia al triángulo en el balance final con el que llegan a la recta final cargando a cuestas el haber contribuido a la ruina total de la figura presidencial y su impagable costo trasladado a la pobreza de México. Resulta en este cuadro lógico que, a Ruiz Esparza, se le encomendara nada menos que la obra más delicada y costosa como es el nuevo aeropuerto. No acaba ahí, se le comisiona también para manejar el presupuesto más jugoso de infraestructura, el de carreteras, caminos, aeropuertos, telecomunicaciones, etc. “El arca abierta totalmente”. Visto desde la óptica de los objetivos de apropiación de recursos públicos, el acierto de nombrar en Comunicaciones a Ruiz Esparza era obvio. Ya se le había probado en el Estado de México y generó grandes apoyos para campañas políticas y, de ribete los regalos de las mansiones de Peña y Videgaray por parte del grupo Higa de Hinojosa Cantú a quien previamente otorgo contratos inflados. Fue también artífice de la asociación con el grupo OHL para la concesión de carreteras de cuotas con recuperaciones estratosféricas. Así, la encomienda del aeropuerto resultaba obvia, el monto de la inversión daba algo más de lo que la máxima de Atlacomulco que con Carlos Hank recomendaba: “haz obras que algo sobra” los dineros han abundado, dió para las campañas previas en 2017 y se tienen reservas hasta para la del 2018.

Lo que todavía no se contabiliza en el pasivo de Ruiz Esparza es el “crimen del socavón y su cínica compasión por el mal rato de las víctimas” y, tratándose de transito carretero no se le ha acreditado haber dado lugar “a la peor época de incidencia en muertes por accidentes carreteros”, que se deben justamente a los intereses creados con transportistas de doble remolque que debía haberse sustituido por una transporte ferroviario más eficiente, que no existe pese a la privatización de ferrocarriles y la promesa frustrada de que suplirían la sobrecarga en carreteras. Además, el desorden en las obras realizadas en las principales vías troncales del país. La pésima calidad de la construcción de las mismas, sin supervisión de la SCT, quedarán como un riesgo permanente para los mexicanos y, las horas de tránsito perdidas por el transporte pesado y los innumerables retenes, es el costo en contaminación y desgaste humano que no tendrá tampoco recuperación.

Recorrer en automóvil o autobús las carreteras mexicanas, es enfrentarse a las peores contingencias. Si es hacia el sur, a los incontables retenes militares o de autodefensas después de haber pasado “las de caín” por obras incompletas o suspendidas con toda clase de sorpresas en baches o desviaciones. El riesgo de ser abordado por maleantes en un transporte público de pasajeros no es remoto y sí, lamentablemente, muy frecuentemente. Los tiempos de traslado son simplemente imprevisibles.

En la carretera más importante del país que es la 85 que conduce del kilómetro cero de la Ciudad de México a Nuevo Laredo, cruzando por Querétaro, San Luis, Saltillo y Monterrey; el trayecto se ha vuelto un viacrucis. Los convoys de tráilers de doble carga, los largos tramos con el pavimento roto y las kilométricas filas para pasar las revisiones de la defensa nacional y policía federal han duplicado el tiempo promedio a cualquier vehículo, con el consiguiente efecto en costo, contaminación y bienestar. Así Ruiz Esparza se ha convertido en el “coyote incómodo” de Peña Nieto. Lo menos que merece es el despido y la devolución de lo que ha robado.



 
 
 
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Última actualización del sitio: 12-dic-2017 07:55 PM