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“CHELERÍAS” CONTRA EL CENTRO HISTÓRICO



   De: Jesús González Schmal.

Antaño se le publicitó como “bebida de moderación” que, como todo gran acierto de marketing, fue popularizando su consumo al grado de ser hoy el mercado de mayor crecimiento, pero que también representa un grave problema social, de salud, seguridad y ecológico. La cerveza es un fenómeno del consumismo moderno que no tiene paralelo sino con el invento del refresco de cola en la primera mitad del siglo pasado. En efecto, hoy los refrescos y el agua embotellados, con la cerveza, conforman una industria que ha roto cualquier equilibrio convirtiéndose en una amenaza. El consumo superfluo de agua, procesada con ingredientes azucarados o con malta de cebada, la inducción al consumo excesivo desde la infancia y la distribución atomizada en vehículos automotores, hasta el desecho y depósito de los envases no biodegradables, son en conjunto un costo social impagable.
Quién puede negar la importancia de la industria refresquera en la vida económica del país. Tienen poder hasta para comprar diputados y senadores para que no aprueben medidas prohibitivas de venta en las escuelas. Uno de los beneficios que en algo ayudaba a la agricultura del país al consumir azúcar de caña, ahora ha quedado rebasado con los sustitutos de fructuosa o sabores artificiales de importación. Nadie habla tampoco del costo del pago de regalías de la marca a los consorcios propietarios de las patentes. Eso sí, las empresas de publicidad, se pelean los gigantescos presupuestos para convencer al consumidor desde su nacimiento que los refrescos “son las chispas de la vida” y la cerveza “la rubia de categoría”

Obvio, todo buen mexicano, hasta el más modesto, se vuelve dependiente del refresco. Las autoridades municipales, cuya obligación primera es dotar de agua potable limpia a todos sus habitantes, han desertado de esa responsabilidad y sin el menor recato, dan agua de dudosa calidad cuando en múltiples casos ni a ello llegan a sabiendas de que, para saciar la sed desde su nacimiento, los padres harán a los hijos consumidores de líquidos endulzados que los acompañaran toda la vida, junto con la carga no sólo del costo del producto, sino de enfermedades crónicas que tendrán que arrastrar sino es que pagar con una vida precaria y azarosa.

La cerveza es todavía algo peor, el producto más accesible en precio para embriagarse. Es la alternativa de ingestión de esta fórmula, que si bien corresponde a una natural opción de la libertad humana para compartir socialmente en condiciones y ocasiones señaladas e inclusive, para satisfacer responsablemente una necesidad de sed en lugares calurosos; lo cierto es que el sano equilibrio en ello se ha desbordado por una comercialización avasalladora que, al constituirse en un renglón o área de producción lucrativa, altamente redituable, es ya un apetitoso mercado que no tiene ciclo de agotamiento porque su éxito consiste en captar el consumo de nuevas generaciones en todos los estratos sociales, urbanos y rurales.

Así, tanto el refresco, como la cerveza, que deberían ocupar un primer lugar en el interés de las autoridades para la creación de políticas de salud, educación, culturales y de seguridad, se ha dejado crecer al impulso de los intereses comerciales, con lo que se ha convertido en un daño irreversible porque la puntería es acertada en el blanco de la multiplicación de consumidores, que en lugar de plantear medios alternativos a la juventud para socializarse, siguen la inercia de su crecimiento al grado que las empresas cerveceras nacionales que con cierto equilibrio atendían el mercado del país, hoy lo han entregado a empresas trasnacionales que se frotan las manos con la dimensión de éste, despojando de altos volúmenes de agua a comunidades rurales de producción agrícola como en Piedras Negras, Tijuana y otros lugares, para instalar gigantescas fábricas de cerveza, cometiendo un atentado ecológico.

En la estrategia comercial de estas empresas cerveceras se ha inventado eso de las “chelerías” para generar empatía entre menores y adolescentes. La invasión de anuncios en los expendios de chelas, que los niños ven cotidianamente cuando van de la mano de sus madres a la escuela como parte del paisaje urbano es el mensaje subliminal de la “normalidad”, en la ingestión de tales bebidas para sentirse parte del mundo de los adultos. La robotización de las nuevas generaciones para restringir su socialización a la necesidad de reunirse a beber hasta donde aguante cada semana, es una verdadera calamidad, cuando incluso se le asocia con el deporte del fútbol que, como práctica, debería ser un disuasivo de su consumo.

El Centro Histórico de la Ciudad de México se encuentra amenazado por la infestación de “chelerías” que atrae a decenas de miles de jóvenes que sin tener conciencia del significado cultural e histórico y del respeto a los vecinos residentes, se reúnen para embriagarse cada ocho días. Los camiones repartidores de cervezas rompen reglamentos de horarios de entrega y dañan las guarniciones y el piso grabado del área vehicular. El consumo llega al extremo de que prefieren pagar la multa a retirarse de la operación ilegal. Los fabricantes extranjeros, dueños de las cervecerías, se sienten con el derecho a la conquista para imponer su ley del mercado.
 
 
 
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Última actualización del sitio: 12-ene-2018 05:04 PM